¡Atención! Circular con precaución

MercosurLa firma de un acuerdo comercial entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur, que se negocia desde 1999 y ahora sí tiene posibilidades ciertas de cerrarse, se inscribe en un concierto internacional de pactos simultáneos entre grandes bloques.

Sin embargo, todos provocaron ríos de tinta sobre sus pros y sus contras. Ese tipo de acuerdos, que exceden el comercio e involucran inversiones y capitales, servicios y patentes, conllevan una disputa de fondo sobre la visión estratégica que cada parte tiene de su país y bloque frente al resto del mundo. De ahí que equivocarse al mover las fichas propias en ese complejo tablero de intereses regionales y globales nos expone a una serie de riesgos, algunos de los cuales vamos a repasar aquí.

El más evidente, como en toda negociación, es la asimetría entre las partes. Los 28 países de la UE representan el 17,5% del PIB global y una quinta parte del comercio mundial. El Mercosur, que destina a la UE una tercera parte de sus exportaciones, ronda el 3% del PIB mundial (dos tercios, sólo Brasil). No es lo mismo la resistencia que puede ofrecer una potencia de la UE como Francia para el ingreso de producción agropecuaria del Mercosur, un eje central de las negociaciones en curso, que la que tenga Uruguay para resistir la desigual oferta de bienes industriales.

La Argentina, en particular, ha tenido suficiente experiencia con las aperturas económicas asimétricas, sobre todo en los ’90. Un acuerdo como el que se negocia, que involucra hasta 80% de bienes, puede impactar negativamente en el tejido industrial de pymes y en el empleo que generan, por diferencias obvias de desarrollo tecnológico y competitividad frente a rivales europeos. Incluso desde Brasil, voces como la del ex secretario general de la Cancillería Samuel Pinheiro Guimarães advirtieron que la pérdida del Arancel Externo Común (AEC) que protege hasta ahora al Mercosur y sus empresas hará muy difícil el desarrollo industrial dentro del bloque, de por sí desigual.

En ese sentido, el impacto no será el mismo en empresas nacionales, sobre todo pymes, que en corporaciones de origen local pero que se expandieron globalmente y ahora necesitan y pueden sacar ventajas de la apertura de mercados europeos. Otro aspecto polémico ha sido la discreción diplomática con que se desarrollaron las negociaciones, en particular durante los últimos tiempos, y el riesgo de que, por temor a un rechazo como el que frenó el ALCA con Estados Unidos en 2005, se introduzcan cláusulas acordadas con los técnicos sin suficiente debate político. Ese un problema generalizado en estos tiempos de grandes pactos comerciales.

El Premio Nobel Joseph Stliglitz denunció “el velo del secreto que cubre las negociaciones” del Acuerdo Trans Pacífico (TPP) cerrado por Estados Unidos para crear un bloque que mueve el 40% de la economía mundial y el 30% del comercio global. Es que los riesgos de esos acuerdos, incluido el UE-Mercosur, exceden el puro intercambio de mercaderías: suponen el desembarco de inversiones muy competitivas para los mercados menos desarrollados, el movimiento de capitales a gran escala, el juego de intereses de patentes, el desafío de nuevos actores de servicios y hasta cambios en las compras públicas.

Si los acuerdos no son administrados en etapas y en función de objetivos de desarrollo diferenciados, como sugieren muchos expertos, el Mercosur corre el riesgo de primarizar aún más sus economías y de terminar sometiendo su estrategia de desarrollo industrial y tecnológico a las necesidades europeas. Incluso dentro del mismo bloque, no tienen las mismas defensas Brasil que Argentina, o ambos que Paraguay, Uruguay y Bolivia.

Si se imponen los intereses de corporaciones que definen sus estrategias a escala global y relativizan la particularidad de los mercados nacionales, en lugar de diversificar la producción con empleo local pueden priorizar el extractivismo para obtener materias primas que necesite la cadena mundial que integren. Formar parte de un entramado global, en el que la Argentina y el Mercosur están por ahora involucrados sólo parcialmente y con sus mercados relativamente protegidos, puede dejar también a nuestros países dependientes del manejo de los excedentes de producción de terceros jugadores.

Si bien la llegada de algunos nuevos y poderosos actores variará y mejorará la oferta de productos, en algunos rubros puede recortar notablemente la capacidad sindical de negociar salarios y sacar de competencia a pymes que son grandes generadoras de empleo. De eso se deduce que integrar bloques mucho más abiertos que el Mercosur puede implicar que los Estados nacionales pierdan el control de algunas palancas clave de la distribución de la renta interna –sobre todo algunas extraordinarias como las del uso de la tierra– y en especial del bienestar general de la sociedad, más allá del control político que se pueda mantener sobre el cumplimiento de los acuerdos.

Hasta en Estados Unidos, tomando nuevamente como antecedente el TPP, surgieron críticas a las ventajas otorgadas a las grandes farmacéuticas, cuyo manejo monopólico de patentes puede encarecer los medicamentos a la vez que debilitar la capacidad de investigación en algunos países. Ni hablar de la circulación de capitales, cuya falta de adecuada regulación, a veces fatalmente inexistente, le costó a la región y a la Argentina varias crisis de gran costo económico y social. Sin esa saga de “errores”, apadrinados entre otros por intereses financieros europeos, no puede entenderse el desastre de 2001.

Por supuesto, hay un riesgo probablemente mayor a todos los que puedan considerarse: el de no firmar ningún acuerdo y aislarse en un mundo globalizado en el que, además del TPP y ante la amenaza china, Estados Unidos apura un acuerdo Trans Atlántico con la UE (TTIP) y los países de Asia se dan el propio (RCEP). Eso nos lleva a ver la otra cara de la moneda: las ventajas de un buen acuerdo UE-Mercosur.

Por: Jorge Argüello
Publicado en la Revista Veintitrés
06/03/2016

La toga que puede cambiar Estados Unidos

imageEl fallecimiento del influyente juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Antonin Scalia, dejó al resto de los conservadores de la Corte Suprema de Estados Unidos empatados 4 a 4 con sus colegas progresistas y convirtió su sucesión en una cuestión de una relevancia difícil de calibrar fuera del contexto de la cultura política norteamericana.

La mayoría conservadora que representaba Scalia modeló la sociedad estadounidense desde los 80.

Lo visité en 2012, como embajador, y quedé impactado por ese hombre, el primer ítalo americano del tribunal y fundador del originalismo, o interpretación literal de una carta magna del Siglo XVIII para resolver litigios propios de una sociedad tres siglos más avanzada.

Desde su nominación por el republicano Ronald Reagan, en 1986, Scalia fue decisivo en fallos a favor de la pena de muerte, de la portación de armas, de blindar los derechos religiosos frente al Estado y de condicionar, incluso, la reforma electoral de 1965 que había asegurado los derechos de participación de la minoría negra.

También le tocó perder (5 a 4, la misma relación numérica con la que ganaba), en asuntos como el matrimonio igualitario y el derecho al aborto (No está escrito en la Constitución, alegó). El año pasado, también quedó en minoría en su rechazo a la histórica reforma que extendió la cobertura de salud (Obamacare) al 90% de los estadounidenses.

La designación del noveno juez de la Corte Suprema puede extender por mucho tiempo el dominio conservador reinante hace 25 años, cuando ingresó el afroamericano Clarence Thomas (1991). Pero la elección de un progresista puede reconfigurar por completo el escenario jurídico y social de Estados Unidos de los años siguientes, en cuestiones centrales de economía, ambiente, salud, educación, derechos de minorías e inmigración.

Y esto es posible porque, mas allá de la influencia que determina las designaciones -del presidente que las hace y del Senado que las confirma-, a los nueve jueces se le reconoce autoridad moral para establecer las reglas del resto de la sociedad.

Por supuesto, también el sistema electoral cae bajo esas reglas básicas y oscilantes. Scalia convalidó el ajustadísimo triunfo de George Bush sobre Al Gore en las presidenciales de 1999, pese a la lluvia de denuncias de fraude en el estado de Florida. En 2010, la misma Corte revirtió los controles de financiación de campañas electorales y abrió la puerta a millonarios e ilimitados aportes a los candidatos.

Hay otras razones adicionales de coyuntura, sin embargo, por las cuales la vacante dejada por Scalia compitió en repercusión política con las elecciones primarias demócrata y republicana para suceder a Barack Obama en la Casa Blanca.

A Obama se le presenta ahora la inesperada oportunidad de nominar al reemplazante de Scalia y volcar el equilibrio de la Corte, pero no en el momento ideal: atraviesa el último y más debilitado de sus ocho años de gobierno (lame duck) y, más importante aún, desde 2010 perdió el control del Senado a mano de los republicanos.

El Presidente anunció su intención de nominar otro juez, pero el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, lo cruzó con vehemencia: Obama debe dejar las cosas como están y ceder la decisión a su sucesor en enero de 2017, y si nomina un candidato será rechazado.

Durante sus dos mandatos, Obama logró mantener el bloque minoritario de los progresistas en la Corte Suprema con la nominación de dos mujeres, la hispana Sonia Sotomayor en 2009 y la de Elena Kagan en 2010. Esa influencia le permitió convalidar su reforma sanitaria (Obamacare), pero no le alcanzó para evitar la suspensión de sus recientes medidas en favor de la inmigración, que la Corte puede revertir.

Obama hizo de la diversidad (género, origen étnico y orientación sexual) todo un sello de la nominación de más de 300 jueces desde 2009: 47% mujeres y 19% afroamericanos.  “Hay grupos históricamente subrepresentados como los latinos y los asiáticos
–dijo en 2014-. Para ellos, ver bajo una toga a su gente es muy importante. Cuando llegué a la Casa Blanca, solo un juez abiertamente gay había sido nominado. Yo postulé a diez”.

Un eventual triunfo de alguno de los dos candidatos demócratas (Hillary Clinton o su sorprendente rival Bernie Sanders) acercaría la nominación de un progresista. De ahí que la primera reacción republicana haya sido darle a Obama de la misma medicina de los últimos años: obstruirlo.

Pero, a su vez, la necesidad de ganar las presidenciales de noviembre agrietó el lado republicano. Algunos senadores  expresaron sus dudas sobre la conveniencia electoral de bloquear por completo el proceso constitucional de sucesión de Scalia y dejar a la Corte empatada y sin un juez hasta bien entrado 2017.

Los republicanos pueden terminar pagando caro su filibusterismo y su afán por un tribunal renovado que dé marcha atrás con algunas reformas de Obama. Convertir en asunto de campaña los fallos de la Corte puede quitar los focos sobre la economía y la seguridad, puntos fuertes de los republicanos frente al electorado, y apuntarlos hacia asuntos sociales judicializados (inmigración, medio ambiente) en los que los demócratas llevan clara ventaja.

Los dos bandos, en cualquier caso, deberán medir bien sus ambiciones y dar sus próximos pasos con cuidado. La Corte Suprema es algo demasiado importante en Estados Unidos. Y como gusta decir Obama en sus discursos, elections have consequences (votar tiene sus consecuencias).

Por: Jorge Argüello
Publicado en el diario Clarín
27/02/2016

El euroescepticismo que amenaza a Europa

Publicado en la Revista Noticias, de Argentina

European_ParliamentEl proyecto de la construcción de una casa común europea evolucionó con marchas y contramarchas desde que la idea comenzó a germinar pocos años después de la II Guerra Mundial. Pero la ambición de asegurar un continente en paz, con cierto progreso material, desterró durante décadas la mínima posibilidad de pesimismo sobre la suerte final de Europa. Inexorablemente, el futuro siempre depararía algo mejor. En ese sentido, Romano Prodi, fue muy elocuente cuando me transmitió –en su estudio de Bologna, Italia- la sensación que envolvía a todos durante aquellos años: “Había una clara visión compartida de que el proceso de integración estaba condenado al éxito y que siempre estaría progresando. Mas allá de la “silla vacía”, las tensiones recurrentes entre Francia y Alemania, la reticencia del Reino Unido a moverse rápidamente, siempre nos acompaño la convicción de una Europa avanzando hacia su integración” (1).

Desde los primeros escarceos verbales sobre unos futuros Estados Unidos de Europa, el propósito de establecer una gran asociación política y económica bajo términos democráticos ejerció una gran atracción sobre la dirigencia emergente de la posguerra. En ese contexto, la Cortina de Hierro, alertando sobre el gigante comunista que se asomaba por el Este tras las ruinas del III Tercer Reich, no hizo más que alentar un acuerdo entre los países de la Europa occidental, aunque se diera bajo la protección del otro gran poder, los Estados Unidos.

La singularidad de esta construcción política se consolidó en el  avance hacia un modelo propio de desarrollo económico, identificado por lo que se conocería como Estado de Bienestar. Era un complejo y variado sistema de protección social que prometía, dicho de modo muy simple, lo más beneficioso del capitalismo occidental y lo más rescatable del socialismo de raíz marxista. La Guerra Fría estaba ahí para quedarse y el deseo de convivir en paz de potencias como Alemania (Occidental), Francia e Inglaterra consolidó esa vía.

El largo proceso de construcción europea parece sencillo de explicar si se lo observa así, como un ancho camino, de varios carriles, pero sin retorno, hacia una integración política, económica, social y cultural cada vez mayor.

Sin embargo, todo ha sido y es todavía hoy más complejo. Porque, hilando más fino, ese recorrido involucró actores nacionales e ideológicos cuyas posiciones fueron variando en el tiempo. Y ahora mismo, siete décadas después, nuevos actores han irrumpido en escena y despunta con una fuerza sin precedentes una corriente de pesimismo -por un lado- y rebeldía -por el otro-  que no se conocía, aunque muchos percibían su silenciosa gestación. En efecto, hay un lado oscuro del sueño común europeo que se alimenta de forma variada, de la desconfianza, del descreimiento, de la apatía y hasta de un rechazo expresado en las urnas hacia lo que ha llegado a convertirse la Unión Europea (UE). La apabullante marea de optimismo que acompañó la creación de la UE siempre encontró objetores y críticos, opositores y hasta agoreros. Pues bien, durante los últimos años, por izquierda y por derecha, una expresión resume ese heterodoxo abanico de posiciones: “euroescepticismo”.

El caso británico evidencia singularmente sus claroscuros. Fue Winston Churchill el primero en expresar la idea de una unión completa de Europa pero también fue su Gran Bretaña la que terminó siendo cuna de este euroescepticismo (el uso del término se remonta a un artículo de la revista londinense The Economist, en 1992, aunque otros atribuyen al diario The Times haber acuñado la expresión “euroescepticismo británico”).

En medio de una crisis sin igual para la UE como la que comenzó en 2008, y teniendo a la vista las últimas elecciones al Parlamento Europeo (2014), los arrestos de euroescepticismo de diversas fuerzas políticas -algunas con responsabilidad de gobierno local y nacional- pueden tentarnos a caer en algunas simplificaciones. La primera, creer que hay una sola clase de euroescépticos. Y que todos marchan juntos contra Bruselas por las mismas razones y detrás de un mismo objetivo.

Pero no. Los hay de extrema derecha, ultraliberales en economía y xenófobos, y los hay de izquierda, anticapitalistas y multiculturalistas. Son diversas las razones por las que su blanco común siempre es el poder central europeo en Bruselas y su gestión de los problemas, y en un contexto de generalizado rechazo al proceso de globalización. Es justo reconocer también que algunos son solo un síntoma de la descomposición de los sistemas políticos nacionales.

El euroescepticismo, queda dicho, tiene distintas caras, con distintas raíces, motivaciones y fines. El espectro abarca desde quienes quieren “destruir la UE, pero no Europa” (2), como sostiene el Frente Nacional francés, hasta los conservadores británicos que rechazan esta UE de Maastricht pero reivindican el antiguo mercado común (single market). En los bordes, aparecen minorías antieuropeístas de ultraderecha (el Partido de la Libertad holandés, la Liga Norte italiana, el Jobbik húngaro y o Amanecer Dorado griego). Y por izquierda, el Syriza griego, el Podemos español y el Movimiento Cinco Estrellas italiano, muy críticos pero no necesariamente antieuropeístas.

Según el caso, unos son parte y sustento de los sistemas democráticos tradicionales, otros quedan al borde o directamente fuera del sistema. Las distintas banderas del euroescepticismo agitan alternativamente: a) reclamos de “otra UE”, b) de “menos UE”  o c) de un estridente “fuera la UE”. La característica del euroescepticismo, como se ve, es la fragmentación dictada por distintos intereses.

El discurso euroescéptico ofrece una gama amplísima y un ejemplo es el veterano parlamentario conservador William Cash. Este experimentado abogado constitucionalista y miembro del Parlamento inglés desde 1984, a quien entrevisté en el Palacio de Westminster, Londres, aboga por “otra UE”, y él mismo prefiere definir su posición: “no le llamaría euroescepticismo. En lo político es euro-realismo y en lo económico, simplemente, euro-pragmatismo” (3).

Por otro lado, también es importante dimensionar adecuadamente el fenómeno de las fuerzas euroescépticas. Como veremos más adelante, siguen siendo un espacio minoritario y, en buena medida, ha canalizado esta vez un descontento social que no es necesariamente antieuropeísta. Por supuesto, su impacto es imposible de ignorar. Esos grupos alcanzaron sumados una representación inédita en el Europarlamento y ya han empezado a condicionar la agenda de las grandes fuerzas políticas moderadas. Y aunque reúnan una quinta parte de los eurodiputados, la memoria del Viejo Continente sobre el ascenso de fuerzas minoritarias de sesgo antidemocrático sigue muy fresca y remite al origen de la misma tragedia universal que dio lugar al proyecto común europeo.

Sin embargo, si hay un euroescepticismo que puede corroer la esencia del proyecto europeo no es tanto el que nace de la obstrucción de estas minorías, sino de la inacción de gran parte de sus 500 millones de ciudadanos. A la luz de los hechos recientes, lo que puede herir de verdad el antiguo sueño de los padres fundadores de la unión es la falta de compromiso de los ciudadanos, la ausencia de europeísmo entre los gobernados, la pasividad del “demos europeo”.

Esta variante de euroescepticismo por omisión también puede ser dimensionada: se certifica en las urnas y se llama abstención electoral. Y en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, el 25 de mayo de 2014, la participación en los 28 países confirmó la tendencia declinante verificada, de modo ininterrumpido desde la primera vez en que los pueblos de la Unión pudieron votar a sus representantes al Parlamento Europeo: votó el 42.54% del padrón habilitado para hacerlo.

En los primeros comicios europeos, en 1979 y con 9 países miembros de la UE, la participación arrancó con un prometedor 62%. Pero en las seis elecciones siguientes la concurrencia a las urnas cayó sin cesar, en 1984 (59%) con 10 países miembros, en 1989 (58,4%) con 12, en 1994 (56,6%) con 12, en 1999 (49,5%) con 15 y en 2004 (45,5%) ya con 25 y en 2009 (43%) con 27 estados miembro.

A grosso modo, en 2014 la mitad del electorado europeo se ha vuelto a quedar en su casa, en lugar de participar de las elecciones más significativas al Europarlamento desde su creación, en medio de una crisis política, económica y social inédita, y que tuvo el atractivo extra de poder elegir indirectamente al presidente de la Comisión Europea (CE).

Ciertamente, la geografía de esta abstención dista de ser homogénea. En Bélgica y Luxemburgo, la participación llegó al 90%, en la pequeña Malta a 79% y en Dinamarca, Irlanda, Italia y Grecia quedó entre el 50 y el 60%. Más abajo pero todavía por encima de la media de 42.5% quedaron Alemania, Francia, España, Suecia, Austria, Finlandia, Chipre y Letonia. Pero el resto no llegó al 40%, con mínimos en Polonia (22,7%), Eslovenia (21%), República Checa (19,5%) y Eslovaquia (13%). En general, en los países orientales la participación fue bastante menor que en los occidentales y meridionales. A su vez, en los del Norte fue mayor que en los del Sur.

Días después de las elecciones de 2014, tras liderar un histórico triunfo de la izquierda italiana (40,5%, la mejor elección de cualquier partido en Italia desde 1958), el joven primer ministro Matteo Renzi ensayó su análisis sobre la dificultad de las instituciones europeas para reforzar el compromiso de los ciudadanos: “Me siento un ciudadano europeo que tiene ganas de tener una Europa con alma y no sólo con normas. Si Europa me dice todo sobre cómo se pesca el pez espada, pero se olvida de hablarme de cómo hacer para salvar a los niños que están muriendo en el Mediterráneo, hay algo que no funciona. A mí me interesa que Europa tenga alma y trabajo para que esto ocurra (…) lo importante es entender si logramos o no recuperar la esperanza, no es fácil. En los últimos años se ha perdido el sentido de la aventura, del reto, del gran sueño, restituir esto es el deber de los partidos políticos, no aferrarse a una poltrona. A mí no me interesa si en esta composición de equilibrios tendré un puesto más o menos, me interesa si será una Europa que responda a las necesidades de los ciudadanos y en esto el papel de los partidos políticos es fundamental” (4)

Con la extrema derecha obteniendo victorias en Gran Bretaña, Francia y Dinamarca, no extrañaron tampoco reacciones como las del presidente francés, el socialista Francois Hollande, quien en cambio obtuvo un resultado históricamente bajo en su país, derrotado con claridad por los ultranacionalistas. Desde el corazón del poder comunitario, en Bruselas, un Hollande alarmado identificó un leit motiv que puede asociarse con la abstención: “Europa se ha hecho ilegible, lejana, incomprensible. Eso no puede continuar. Europa debe ser simple, clara para ser eficaz” (5).

Unos meses antes, en un encendido debate con el filósofo europeísta alemán Jürgen Habermas sobre la importancia del voto popular, el intelectual izquierdista italiano Paolo Flores D´Arcais, lo había anticipado con estas palabras: “Europa no suscita entusiasmo, es lo mínimo que se puede decir. A estas alturas, la idea de Europa como futura institución política (los “Estados Unidos de Europa”) le dice muy poco o nada a sus potenciales ciudadanos. Se la percibe como la Europa de los poderes financieros y de los gobiernos sumisos, desde luego no como la Europa de la soberanía popular. Si la Europa política va a seguir siendo ésta, la desafección está abocada a ir en aumento, las tentaciones nacionalistas tenderán a multiplicarse (hasta el chovinismo y al siguiente paso lógico, el racismo), y la fascinación autoritaria y el populismo reaccionario irán ganando terreno” (6).

Ahora bien, las distintas variantes del euroescepticismo militante y organizado que sacó provecho de este momento europeo pueden atender a cuestiones de fondo:

. políticas, con un cuestionamiento a la autoridad supranacional europea, desde el formulado por el clásico nacionalismo de derecha hasta las reivindicaciones de autonomía y soberanía nacional de fuerzas de izquierda;

. económicas, con la propuesta de abandonar el euro y el rechazo a las medidas anticrisis ordenadas desde Bruselas;

. sociales, sobre qué respuestas dar a la inmigración y a los sectores más castigados por la crisis.

A su vez, la gama de soluciones ofrecidas a estos temas centrales de la agenda varían o contrastan según el país del que se trate y el tipo de euroescépticos. Luego, según las diferentes estrategias, se ponen en juego en sus objetivos algunas cuestiones de forma:

. tratar de impedir a largo plazo una unión política mayor y un gobierno federal en Bruselas;

. bombardear por izquierda y por derecha la futura unión fiscal anunciada para la zona euro;

. rechazar la competencia europea en asuntos sociales y civiles;

. propugnar una UE de dos o más “velocidades”, con opción a salir de la zona euro o de la  UE.

La amplia diferencia de raíces y matices ideológicos del euroescepticismo activo puede tener consecuencias políticas de importancia sobre la UE, aunque probablemente el impacto más seguro sea a nivel local. Por ejemplo, las fuerzas que se impusieron en Francia, Gran Bretaña y Dinamarca -a expensas de la abstención electoral- superaron el 25 y 26 % de los votos y se proponen, como mínimo, repetirlo en las elecciones locales y nacionales por venir, aunque los contextos serán distintos.

Pero también es cierto, observando el cuadro general, que sobre un total de 751 eurodiputados  los tres principales grupos políticos europeístas obtuvieron 479 bancas -los Populares conservadores (221), los Socialistas (191) y los Liberales (67)- y se quedaron con casi dos de cada tres votos emitidos. Y eso sin contar a los Conservadores y Reformistas Europeos (70) y a los Verdes (50), que amplían todavía más ese margen de maniobra frente a los antieuropeístas.

Aún con su limitada representación, a corto plazo los euroescépticos pueden aspirar a lograr algunas victorias políticas. ¿Cómo? Influyendo en la agenda nacional y en las decisiones de esas mismas grandes fuerzas políticas moderadas que crearon y sostuvieron las instituciones europeas durante las últimas tres décadas, socialdemócratas, conservadores y liberales que históricamente reunieron una cómoda mayoría absoluta del Parlamento Europeo, ahora perturbada por esta compleja, limitada pero “real” fuerza política de la UE.

Apenas conocidos los resultados de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, el socialista español Joaquín Almunia, uno de los vicepresidentes de la Comisión Europea, reflexionó al respecto: “Es preocupante el auge de esa amalgama de populistas, ultras, euroescépticos e incluso xenófobos y fascistas que alcanzan ya una quinta parte del Parlamento. No sólo preocupa su tamaño, sino el riesgo de que contaminen los debates del resto de fuerzas políticas, como se ha visto con las declaraciones de Nicolas Sarkozy y David Cameron contra la libertad de circulación de personas. El peligro es que los grandes partidos adopten actitudes defensivas y seguidistas: eso ya sucede” (7).

Meses antes de las elecciones europeas de mayo de 2014, en un encuentro en Madrid, Felipe Gonzalez me advirtió sobre las consecuencias del avance del “voto euroescéptico”: “En lo inmediato va a obligar más a las dos fuerzas políticas fundamentales a ponerse de acuerdo porque necesitan de la mitad más uno de la totalidad de los parlamentarios para tomar decisiones. Sobre todo lo necesitan –y esto a nivel europeo se ha logrado más que a nivel nacional- para frenar la oleada antieuropea” (8). El tiempo demostró que Gonzalez estaba en lo cierto.

Los euroescépticos más ambiciosos y radicales, ahora relativamente fortalecidos, aspiran a esmerilar el proyecto original de la UE, paradójicamente, desde uno de sus pilares institucionales como lo es el Europarlamento. Una posición minoritaria pero fuerte permite ejercer el veto en algunas leyes, puede condicionar las designaciones de la Comisión, bloquear la firma de tratados internacionales y hasta dificultar la aprobación del presupuesto que sustenta a la UE.

Como argumentan los expertos en asuntos europeos José I. Torreblanca y Mark Leonard, “aun cuando ello no ocurriera, los euroescépticos podrían tornar más difícil el gobierno de la UE y, en particular, limitar su capacidad de adoptar decisiones claves que necesite para resolver la crisis del euro y volver a la senda del crecimiento económico. Con esa actitud, exponiendo el desapego de los ciudadanos con las políticas europeas, los euroescépticos podrían incluso debilitar la legitimidad de la UE.  Lo cual, a su vez, impediría zanjar las profundas divisiones surgidas entre países acreedores y deudores, del Norte y del Sur, de dentro y de fuera de la zona euro, entre elites y ciudadanos, y volver cada vez más irrelevante al Parlamento Europeo. Esto es exactamente lo contrario de lo que los europeístas esperaban lograr con la creación del Parlamento Europeo, lo cual significaba superar el ‘déficit democrático’ de la UE” (9).

En 2007, antes del estallido de la gran crisis, el 52 % de los ciudadanos europeos tenía una imagen positiva de la UE, en los meses previos a las elecciones al Europarlamento (2014) bajó a sólo el 31%, ¡menos de uno de cada tres electores! A su vez, en 2007, la imagen puramente negativa alcanzaba al 15% de los ciudadanos, pero siete años después trepó a 28%.

Las resultados de las elecciones europeas, sobre todo en países como España y Francia, expresaron cierto quiebre de un consenso entre las elites dirigentes europeas y un sector de su ciudadanía, la misma en que se había apoyado todo el proceso de integración del continente desde sus inicios y que incluyó la cesión de soberanía instrumentada por funcionarios no electos, aunque capacitados, a cambio de un evidente progreso económico y social.

Poco antes de dejar el Europarlamento, tras cinco años de integrar la bancada de los Verdes, el legendario líder de las rebeliones juveniles parisinas del Mayo del 68, Daniel “El Rojo” Cohn-Bendit, lo puso en estos términos: “Yo nací en 1945. Fui concebido tras el desembarco de Normandía. Imaginen que aquel 4 de abril hubiera aparecido caminando y les hubiera dicho a mis padres: ‘En 50 años no habrá fronteras entre Francia y Alemania’. Me habrían dicho: ‘Este niño habla muy pronto y dice tonterías’. Pero esta es mi historia; y también la de toda Europa. El mayor problema de Europa ahora es la lejanía de los ciudadanos. La UE es un enano político porque está maniatado por los gobiernos nacionales. Es preciso avanzar en la integración, la única que puede poner a Europa en el mundo. Para ello debe haber voluntad política, y dudo que la haya”. Y son palabras de un europeísta convencido.

Por: Jorge Argüello
Publicado en la Revista Noticias
19/02/2016

 REFERENCIAS

(1) Romano Prodi. Entrevista con el autor.

(2) Le Pen, Marine, “Quiero destruir la UE pero no quiero destruir Europa”, agencia EFE, 1 de junio de 2014, Bruselas.

(3) William Cash. Entrevista con el autor.

(4) XVII Legislatura. Resoconto stenografico dell´Assemblea Seduta n.251 di martedi 24 giugno 2014

(5) “Hollande: Mi deber es reformar Francia y reorientar Europa”, Cinco Días, Madrid, 26 de mayo de 2014.

(6) Flores D Arcais, Paolo, “Otra democracia para Europa”, Revista Claves de Razón Práctica, Número 232, enero-febrero 2014, Madrid.

(7) “Los resultados de las europeas son un castigo a ese magma llamado Bruselas”, entrevista de El País a Joaquín Almunia, 1 de junio de 2014, Madrid.

(8) Felipe Gonzalez. Entrevista con el autor.

(9) Leonard Mark y Torreblanca José, “The euroesceptic surge and how to respond it”, European Council on Foreign Relations, ECFR, abril 2014.

(10) “La Unión Europea es un enano maniatado por los gobiernos”, entrevista de El País a Daniel Cohen-Bendit, Madrid, 19 de abril de 2014.

 

Sin soluciones a la vista

refugiadosHenri Dunant nació en Suiza, país conocido por su neutralidad, e hizo carrera como banquero antes de aventurarse con una empresa en Argelia, por entonces aún colonia francesa. Cansado de esperar las autorizaciones necesarias para operar, decide dirigirse directamente al emperador Napoleón III. Parte así al encuentro del sobrino de Bonaparte en Solferino, en el norte de Italia, presenciando allí -en una coincidencia que alteraría la historia- una de las más sangrientas batallas del siglo XIX.

Impresionado por el abandono de miles de heridos, Dunant intenta de inmediato aunar esfuerzos para socorrer a todos, cualquier que sea el uniforme que vistan. Regresado a casa, comparte esa experiencia en el libro “Recuerdo de Solferino” (1862). Del éxito de la obra nació la Cruz Roja y más tarde el Primer Convenio de Ginebra. La guerra había cambiado para siempre.

Ese cambio se inició en Europa y no fue por decreto estatal ni por decisión de los gobiernos. Se verificó por el desasosiego de un hombre de negocios. Hoy, pasados 150 años, algo similar sucede en el mismo suelo europeo, donde la gente común y las organizaciones de la sociedad civil, todos los días, demuestran mayor eficiencia y preocupación que sus líderes políticos en la acogida de refugiados. Son periódicos que recaudan fondos entre sus lectores, son voluntarios que contribuyen con mantas y alimentos, son familias que abren las puertas de sus casas para recibir personas como nosotros con chicos iguales a los nuestros.

Extraño tiempo este en que la solidaridad popular revela mayor respecto por el derecho internacional que los gobiernos elegidos en una de las regiones más desarrolladas del mundo. Estamos hablando de una Unión Europea obligada por sus tratados “a ofrecer un estatus apropiado a todo nacional de un tercer país que necesite de protección internacional”. Pero que en el terreno ha a menudo se ha comportado como Tartufo en la comedia de Molière, ignorando que el sofisma moral es la más intolerable de las hipocresías.

Ocurre que los refugiados están poniendo en jaque la matriz moral del Viejo Continente, la cohesión interna del proyecto europeo, la política exterior comunitaria e incluso el futuro de la moneda única. Por eso, lejos de expresar solo una muestra de los muchos problemas que atraviesan a Europa, constituyen hoy el problema principal.

Creados en los años 90, los olvidados criterios de Copenhague definen tres condiciones innegociables que cualquier Estado debe cumplir antes de ingresar en la Unión Europea. La primera y más importante norma impone “la existencia de instituciones estables que garanticen la democracia, el Estado de derecho, el respeto de los derechos humanos y el respeto y la promoción de minorías”.

Esta fue la tarjeta de visita de la integración europea que la hizo ser tan admirada en todo el mundo: viejos enemigos de guerra transformados en democráticos socios comerciales, antiguas potencias coloniales convertidas en naciones guardianas de los derechos humanos. Un cambio construido sobre una economía de mercado abierta y preocupada por las desigualdades.

Los padres fundadores de la Unión esculpieron una matriz moral que ahora aparece desdibujada, primero por la obsesión por la austeridad y ahora por el egoísmo con que algunas naciones europeas cerraron las puertas a los refugiados. Bruselas tarda en entender que está en juego la dignidad en ambos lados de su frontera: en el exterior, de los miles de refugiados que todos los días allí acuden; en el interior, de un proyecto europeo que hoy parece administrado por valores contrarios a los que juró respetar.

Una incoherencia que pellizca la propia cohesión interna de Europa. El Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker ha expresado recientemente la “vergüenza” que le produce el hecho de la que UE solo ha acogido a 272 refugiados, de los millones que han escapado rumbo a Europa huyendo de la guerra y el hambre.

Bruselas repite así errores de su pasado reciente: si la crisis del euro apartó el norte próspero del sur endeudado, la crisis de los refugiados está separando el oeste del este. Todo parece indicar que las asimetrías serán cada vez más profundas hasta que se asuma que ambos problemas son europeos y requieren por ello de una solución europea.

Sin embargo, casi cinco años después del inicio de la guerra civil en Siria, el principal origen de los refugiados, no se conoce una propuesta europea para poner fin al conflicto. Y en el tablero de las opciones posibles, cualquier solución parece ahora exigir un diálogo con la Rusia que Bruselas y Washington buscan sancionar por la anexión de Crimea. Aquí, como en otros torbellinos internacionales, las políticas exterior y de seguridad común de Europa muestran inconsistencias y vacilaciones.

A otro nivel, quizás menos evidente, la crisis de los refugiados también se entrelaza con la doctrina económica europea. ¿Permitirá la Comisión Europea que un país invoque la acogida de los refugiados para violar los objetivos presupuestarios?; ¿sobrevivirá el mercado único europeo y la moneda única al eventual colapso del Tratado de Schengen?

“Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y una ciudad o una familia dividida no puede subsistir”, se lee en el libro de Mateo (12:25). Después de la crisis financiera, después de la agonía griega, después del conflicto con Moscú en Kiev, Europa enfrenta hoy -con la cuestión de los refugiados- un problema grave de resultado incierto. La salida de este amenazante laberinto solo parece posible si la Unión se reconecta rápidamente con sus orígenes, ondeando una vez más y sin reservas las banderas de libertad y de solidaridad que la hicieron grande.

Por: Jorge Argüello
Publicado en su columna de opinión de Revista Veintitres
19/02/2016

¿El fin del bipartidismo europeo?

EspanaEn las últimas elecciones españolas, el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) reunieron ambos 50% de los votos mientras dos fuerzas políticas nuevas, Podemos y Ciudadanos, se alzaban con el 20% y el 14%, respectivamente. En 1982, socialistas y populares reunían el 73% y en 2000, apenas adoptado el euro, llegaron a acumular el 78% del electorado. “España tumba el bipartidismo y deja el gobierno en el aire”, tituló recientemente un diario nacional.

Pero no sólo en España el sistema está inestable y en proceso de fragmentación. En 2015, más de veinte países de la UE eran gobernados por coaliciones. Hoy en día, sólo en tres países de la Unión Europea existen gobiernos que ostentan una mayoría parlamentaria propia: Reino Unido, Eslovaquia y Malta.

En este contexto se alzan interrogantes sobre la gobernabilidad europea.

La firme voluntad de cambio que se viene verificando en la geografía europea no refleja, en la inmensa mayoría de los casos, una pérdida de confianza en la democracia, sino más bien la necesidad de regenerarla y devolverle contenido social. Se trata de una voluntad que expresa un corte entre las generaciones que vieron fundar la UE y las nuevas que están padeciendo sus desvíos.

Conversando recientemente en Lisboa con el ex premier socialista Mario Soares, protagonista principal del ingreso de Portugal a la UE, éste me refirió: “La UE fue hecha por dos partidos, el socialdemócrata y el demócrata cristiano. Hoy todo eso se está perdiendo…”

Aquella convivencia dominada por grandes partidos de centroderecha y centroizquierda se apoyaba en un poderoso consenso para dejar atrás las guerras, jugar un equilibrio conveniente entre EE.UU. y la URSS, sostener un sistema democrático representativo, impulsar el libre comercio y asegurar una protección social universal. Como enseñaba el politólogo italiano Giovanni Sartori, este pluralismo bipartidista era la solución más segura. Se podía discutir desde izquierda o derecha el tenor del papel regulador del Estado, pero nadie dudaba de que debía tenerlo y por qué.

Hoy, las noticias sobre la crisis que atraviesa la Unión Europea desde 2008 nos siguen llegando cargadas de historias sobre estancamiento, desempleo y recortes sociales en países a los que admiramos durante décadas por su modelo de convivencia, solidaridad, desarrollo y protección social. Las políticas de ajuste y austeridad implementadas por esta segunda generación de políticos europeos remató el giro neoliberal en el que se embarco Europa en los 90 y puso en juego no sólo la Zona Euro sino toda la experiencia de asociación de naciones, única en la historia y ahora asediada por ciudadanos descontentos en busca de alternativas políticas.

A ello sumemos las nuevas alarmas encendidas por la cuestión migratoria y el terrorismo. La crisis empujó a los europeos a expresarse en las calles y en las urnas. El tejido político está mudando la piel. El resultado es una mutación de final incierto que hace tambalear al tradicional sistema bipartidista europeo y abre las puertas a nuevas fuerzas, por derecha y por izquierda.

El gran desafío de las nuevas fuerzas (el premier griego Alexis Tsipras lo sabe bien después de ganar un referéndum contra el ajuste y terminar aplicándolo) es cómo permanecer dentro de la UE y reformarla con países endeudados y en recesión. Como también me dijo Soares, toda Europa tiene ahora sólo un gran partido, y es de derecha. La izquierda debe reformularse para garantizar un Estado social, o sucumbir.

La condición imprescindible para una buena salida nos devuelve al principio, a la necesidad de un consenso democrático y social capaz de sostener cualquier sistema político, bipartidista o fragmentado, pero inspirado en aquellos valores que nos hicieron admirar la Europa común.

Artículo publicado por Jorge Argüello el día 31 de enero en Perfil